La siguiente historia de terror, narra el escalofriante relato de un muñeco que es tejido con retazos de telas sobrantes, y que es encargado por una misteriosa mujer. Un taller de sastrería, una bolsita roja, y una medalla misteriosa, desatan una serie de sucesos aterradores que persisten hasta el día de hoy.

Les comparto este relato que le ocurrió a mi familia paterna.
Cuenta mi papá…, que mi abuelo se dedicaba a la sastrería. Muchas personas iban a su taller, para hacer reparaciones de sus pantalones o de otras prendas de vestir. En el pueblo en aquella época, existían 2 talleres de sastrería; sin embargo…, se decía que el de mi abuelo era más popular, ya que los trabajos que realizaba eran de mayor calidad. Sin dejar a un lado que el trato que siempre daba a las personas, era muy amable.
Mi abuelo aparte de dedicarse a la sastrería, hacia alguna especie de labor altruista. Los retazos de telas que le iba sobrando, los guardaba para después convertirlo en muñecos de trapo, y regalarlo a los niños de escasos recursos que habían en el pueblo.
Para no hacer el relato más largo. Cuenta mi papá que en una noche, mi abuelo llegó a la casa un tanto confundido. Les empezó a platicar que minutos antes de cerrar el taller, se presentó una señora, la cual vestía unas prendas viejas y desgastadas, llenas de tierra y lodo. Sus manos estaban igual de sucias, con las uñas llenas de tierra. Esta señora llevaba con ella, una bolsa con bastantes retazos de tela. La señora le pidió que le realizara un muñeco de esos que él sabía hacer.

Mi abuelo le explicaba que no era ningún experto en el tema. Solamente hacia esos muñecos para sacarle una sonrisa a los niños que no tenían juguetes. La señora de alguna manera lo convenció…, le dejó la bolsa con los retazos de tela, pero le pidió un favor especial; le pidió que entre las telas de aquel muñeco que le iba a realizar, le colocara una bolsita roja, pero que por ningún motivo la fuese a abrir.
A mi abuelo le causó algo de nostalgia la mirada de aquella señora, y al mismo tiempo le causaba escalofrío. Tal vez fue por eso que le hizo aceptar aquella encomienda que la señora le había encargado.
Mi abuelo le dio la espalda a la señora por unos segundos, para acomodar aquellos retazos en un estante. Dice que la señora ya se dirigía hacia la salida, cuando le dijo como último favor…, le iba a pedir que realizara el trabajo lo más pronto posible, pues era algo muy especial para ella, y que por el pago…, no se preocupara, le pagaría muy bien.
Cuando la señora terminó de hablar, mi abuelo volteó la mirada hacia la puerta de salida, y la señora ya no estaba. En el mostrador había un fajo con billetes.

Mi abuelo salió a toda prisa a la calle, para regresarle el dinero a la señora, y explicarle que no era ningún profesional, y que no era necesario ningún pago; pues a fin de cuentas…, ese trabajo lo realizaba como mero pasatiempo. Al salir a la calle, no había ningún rastro de aquella señora. Dice que un aire bien helado, le recorrió todo el cuerpo.
Al frente del taller de mi abuelo, había una tienda de abarrotes. El tendero rápidamente se le acercó a mi abuelo, y le preguntó que había pasado, que si se encontraba bien.
Mi abuelo confundido, le dijo que porque la pregunta; a lo que el tendero le respondió…, que hace unos instantes… de su taller había salido la muerte.
Mi abuelo se quedó estupefacto con la respuesta que le había dado. El tendero le dijo que esa mujer, estaba completamente vestida de negro, y flotaba del suelo. Y que solo por una fracción de segundo, cuando aquella mujer salió del taller, en su rostro se pudo dibujar una expresión macabra. Una expresión calaverita, huesuda…, fueron las palabras de aquel tendero.

Mi abuelo no podía creer lo que aquel señor le estaba diciendo. Como un instinto que no puede explicar, mi abuelo decidió llevar con él…, aquella bolsita roja que momentos antes aquella señora le había encargado. Cerró su taller…, y como de costumbre…, fue directo a la panadería, y después irse a la casa para cenar.
Al llegar a la panadería, la persona que la atendía; le preguntó que quien era la persona que lo iba a acompañando. Mi abuelo confundido no supo que decir, a lo que se limitó a contestar que iba solo. La muchacha respondió que cuando se dirigía al local, alcanzó a ver que una niña de unos 5 años yendo a su lado.
Mi abuelo no contestó nada, pagó… y se fue a casa.
Mi papá cuenta que aquella noche, mi abuelo se veía inquieto, nervioso, y que toda la noche se la pasó sentado en la sala; observando la bolsa que aquella señora le había dado. Cuenta que después de unas horas, el sueño venció a mi abuelo, pero solo por un instante, ya que una risita que muy apenas se alcanzaba a distinguir… resonó por la sala. Una voz de alguien pequeño se escuchó que dijo: que mi muñeco quede bonito.

Mi abuelo despertó agitado, buscando por los rincones de la sala quien le había hablado. El adjudicaba que eran efectos del nerviosismo, o que aquellos sucesos… lo habían sugestionado bastante y que estaba soñando; pero no fue así… En ese mismo instante, una de mis tías de la más pequeña, soltó un grito aterrador. Mi abuelo corrió hacia ella, y en el cuarto ya estaba mi abuela. Mi abuela agitada le gritaba a mi abuelo, y le preguntaba… que estaba pasando.
Mi abuelo aún confundido le preguntó, ¿a qué se refería? Mi abuela le dijo que hace unos instantes, antes de que mi tía soltará aquel grito. Una risa… y una voz… se escuchó por toda la casa; y que cuando mi abuela ingresó al cuarto, una silueta de alguien pequeña, como de una niña, se alcanzó a ver parada frente a la cama de mi tía.
Aquella noche… después de aquel incidente, todo pasó con normalidad. Al día siguiente, mi abuelo muy temprano salió de la casa y se dirigió al taller. Cuando entró…, dijo que unos escalofríos le recorrieron todo el cuerpo.
Pasaron varios días…, y el taller estuvo solo, como casi nunca antes lo había estado. El taller de mi abuelo siempre estaba lleno de gente que requerían algún arreglo.

Aquel día se le hizo muy raro a mi abuelo, pues decía que cuando alguien se disponía a entrar. Se paraban enfrente a la entrada, y simplemente daban media vuelta y se iban. Mi abuelo en esos días comenzó a trabajar en aquel muñeco.
Mi abuela cuenta que se obsesionó demasiado con aquel trabajo. Le dedicaba horas interminables, y siempre buscaba el mejor material para realizarlo. Y finalmente… después de cuatro semanas de madrugada, terminó de hacer el muñeco.
Y justamente cuando le colocó aquella bolsita roja, y le estaba cerrando la barriga con aguja e hilo. Aquella señora volvió a entrar, pero está vez…, mi abuelo la vio como realmente era. Vestía de negro y su rostro era inexplicable, causaba demasiado terror.
La señora pidió aquel muñeco, lo tomó entre sus manos, y dijo algunas palabras que mi abuelo no entendió. Después lo colocó sobre el mostrador, tomó la mano de mi abuelo, y le puso una medalla de plata sobre su mano.

Le dijo que se la pusiera en el cuello, y que nunca se la quite en todo el tiempo que el muñeco estuviera con él. También le dijo que al muñeco le podía pedir lo que quisiera, pero… que lo pensará si lo hacía o no. Dio media vuelta, y así como apareció…, se fue dejando aquel muñeco.
Mi abuelo se llevó el muñeco a casa, lo colocó dentro de un viejo ropero que tenía, y se puso la medalla en el cuello. No sabe porque lo hizo, pero siguió las indicaciones al pie de la letra. Solamente…, nunca se atrevió a pedir nada al muñeco.
Cuenta mi papá que en aquel ropero, a veces muy seguido se escuchaba el sollozo de un niño. A veces reía…, y a veces solamente un tarareo que resultaba escalofriante.

Cuando mi abuelo falleció, le dijo a mi padre que por nada del mundo sacara el muñeco del ropero. Que nunca le pidiera nada, y que aquella medalla que le dio la señora aquella noche, la conserve mi papá.
Y así es hasta la fecha, ese muñeco sigue en ese ropero. El ropero nunca se abre, pero sé que está ahí, porque en las noches se escucha que golpea la puerta, o simplemente que ríe.
La medalla la tiene mi papá…, he buscado en internet y en algunos libros, pero no hay referencia alguna del significado, ni siquiera he encontrado otra foto similar. No sé qué signifique todo esto, pero sé que es algo fuerte. Sé que sería vender el alma, si alguna vez mi padre le pidiese algo a aquel muñeco. Solo sé que da terror estar cerca de aquel ropero.

Les hago la siguiente pregunta:
¿Le pedirían algo al muñeco?
Por mi parte, mi respuesta es no… Porque…, no sé si al pedir algo al muñeco, lo tenga que pagar, o de qué forma lo pagaría. Capaz como dicen, que el favor me pueda costar mi alma, y ustedes, ¿Le pedirían algo al muñeco?
